La gota y el cristal: una crónica del, ahora sí, fin del neoliberalismo. Cuando lo esperado se vuelve inesperado.

Por Benjamín Luco.

Por Benjamín Luco. Dedicado a la sociología. Trabajador de la poesía. Militante del Frente Amplio.

Donald Trump nos advierte que toda la infraestructura del neoliberalismo que la teoría había denominado como inquebrantable, era en realidad frágil como un cristal. Cristal neoliberal que unía intrincadamente lo político y lo económico, en una sola ola de racionalidad. En ese sentido usamos la definición de Foucault de neoliberalismo: más que meramente un sistema económico, es una racionalidad de gobierno, una “gubernamentalidad”.

Metafóricamente, Donald Trump es la gota fluida y frágil, pero bella y en cierto sentido muy poderosa que rebalsa el vaso de cristal que llamamos sistema neoliberal. Algo que en cierto punto se sabía, de lo cual mucho se hablaba. Pero, es diferente ver en este hemisferio las consecuencias militares, y de correlación de fuerzas que significa este cambio.

Estructuralmente la caída del neoliberalismo nos lleva a un nuevo tipo de relaciones de fuerza, y de forma de estructurar el poder, navegado por mayores personalismos, como el mismo Donald Trump, pero también las personalidades de Vladimir Putin y Xi Jinping. En diferentes registros, sus personalidades aparecen como aglutinadores de poder que, al menos en los dos primeros, traspasan las normativas político/económico/militares propias de antaño.

A corto plazo el poder del imperio de Estados Unidos se ve poco contrastable. No obstante,queda la pregunta de sí a largo plazo tiene el nervio para poder sostener esta costosa correlación de fuerza a la externa, sumado con un claro desafío a la interna.

La velocidad de los acontecimientos es otra de las características críticas del despliegue del poder en esta época, pasando por encima del andamiaje jurídico económico neoliberal como si fueran moscas. Con ello equilibrios otrora imperecederos se ven delicados y tenues.

Un elemento interesante, es que esta caída se había dado antes, en un país periférico como es Chile. Durante el estallido social de 2019, se da un quiebre con la hegemonía neoliberal y la forma de estructurarse su autoridad. Este quiebre pareció ser pasajero, y la hegemonía, se dijo, había sido restaurada rápidamente. No obstante, faltó observar que el neoliberalismo era primordialmente una forma de gobierno intersubjetiva e internacional. Su caída fue un movimiento que no podíamos ver de un solo golpe, sino de varias tajadas que empezaron en el mismo laboratorio de su inicio, Chile, pero que tarda en concretarse en una caída a nivel global. El campo estructurado por la forma de poder neoliberal era eminentemente mundial ampliamente respaldado por una dominancia norteamericana. Entonces cuando hablábamos del “fin del modelo”, era imposible pensarlo sin sus dimensiones internacionales.

Estamos frente un quiebre que no tiene vuelta atrás, pero que en cierta medida se venía gestando periféricamente. La periferia no es solo el reflejo de su centro, sino un lugar donde las formas de poder gubernamental encuentran legitimación y estatus. En ese sentido Chile fue el inicio, como una gota que cae al mar conoce su partida pero no su punto de arribo, de la tumba del neoliberalismo. El final de este último implica, irónicamente, un entierro más grande, fastuoso y costoso: Donald Trump, el posneoliberal.

El fin del neoliberalismo no está llevándonos a la utopía que, como izquierda,solíamos soñar y empujar. Un mundo lleno de distribución y paz. En cambio, por derecha ha llegado una puesta en jaque al neoliberalismo con múltiples liderazgos personalistas y de “ultraderecha”. Así, más que nuestra utopía soñada, parece el fin del neoliberalismo llevarnos a un mundo imperial, de poder fastuoso y crudo, personalismos afianzados y equilibrios frágiles con la persistencia de algunas tecnologías de poder neoliberales, como el capital financiero, pero con un cambio radical en la forma de gobernar a la población, más centrada en el soberano y el imperio, dejando de lado la normatividad “neutral” .

La realidad cruda, nos toca y nos desliza de un golpe en estas nuevas aguas sin darnos cuenta. El mar, y su silencio.

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